Hoy
he recibido noticia de que mi muy estimado tío Pito ha fenecido. Paréceme que
fue ayer cuando él deleitaba mi imaginación infantil con historias fantásticas
y tan alucinantes como su misma ignorancia, pero de las que yo en ningún
momento osé dudar de su veracidad a causa de que yo debía de poseer por aquel
entonces un grado parejo al suyo en ingenuidad. Durante todos estos años
transcurridos, empero, mi memoria ha ido recalando en su recuerdo de vez en
vez, desordenada pero insistentemente, creo yo con que el deseo velado, cuando
no por la necesidad, de rendirme al llanto, mas a un llanto de risa y carcajada
en mitad de este valle de lágrimas que es la vida ordinaria nuestra.
Porque mi tío
Pito, que Dios guarde en su gloria para solaz de las celestiales almas, fue un
hombre venido a este mundo con la misión samaritana de hacer reír a su prójimo,
y ello aun en contra de su voluntad; rasgo éste distintivo de los cómicos o
bufos natos. Y yo mismo puedo dar fe de que en las ocasiones que él quiso dar
risa, provocó bostezo. Dicho de otro modo y con mayor llaneza: su único talento
consistió en hacer reír a los demás en la misma medida que él se encorajinaba,
lo cual, por otra parte, debió de resultarle en extremo penoso y urticante,
como bien podrá verse más adelante.
Para empezar
revelaré que el nombre completo de mi tío era Agapito Pito Conejo, el cual ya
por sí solo animaba al oyente a dibujar un rictus algo zumbón en su jeta. Fue
alumbrado (aunque con muy pocas luces, hay que decir) en una pedanía de Betanzos
una fría noche sin luna de 1922. Sus padres, mis abuelos maternos, no tardaron
mucho tiempo en advertir la cortedad del niño; aunque por suerte habría de
venir más tarde mi madre para equilibrar algo la balanza. De todas maneras
prefirieron no darse mucho por enterados de su inhabilidad hasta que el maestro
de la escuela, el entrañable y sufrido don Mariano, así juzgara en
certificarlo. Pero éste no tardó demasiado en proceder de tal manera, según
parece a causa de una gota de agua que había desbordado un vaso. La gota
culpable del desbordamiento consistía en un poema que el susodicho profesor
había encargado a sus alumnos como ejercicio extraordinario de clase. El poema
que mi tío Pito escribió constaba sólo de dos versos, que así decían:
Soy de Betanzos
Y me gustan los garbanzos
-Ya pueden ver
–les comentó el maestro a los padres-. Eso sí, los versos riman en consonante,
lo cual nunca deja de ser algo meritorio. Pero, sinceramente, creo que su hijo
debería encauzar su escaso potencial hacia objetivos más prácticos, por el bien
de él y la tranquilidad de ustedes.
Advertidos ya y
bien aconsejados por el bueno de don Mariano, en un país que por entonces sobrevivir
constituía un gran acto de proeza, decidieron al fin agarrar al toro por la
cornamenta y se afanaron en buscar un trabajo de aprendiz en donde colocar a su
zangolotino hijo. Miraron y remiraron todo tipo de oficios dignos que no
exigieran mucho entendimiento y que pudieran garantizarle una subsistencia. No
habrían de pasar demasiadas fatigas hasta que lograron ubicarlo de aprendiz en
una fragua aledaña al pueblo tras convenir con el herrero en las condiciones,
que no eran de las peores aunque por muy escaso margen. Pensaron que el trabajo
en la herrería reportaría al muchacho experiencia y conocimiento para poder
levantar una propia algún día. Sin embargo los años pasaron raudos y Pito Pito,
convertido ya en un fornido mozo, no se apartó del fuelle de la fragua ni un
solo día. Mi tío parecía no saber ni por dónde se amarraba el martillo, y mucho
menos se atrevió a lidiar con el yunque. Él no daba muestras de frustrarse por
ello y el herrero, hombre tosco pero de buenos fueros internos, continuó
requiriéndole en su negocio porque tuvo siempre necesidad de alguien en el
manejo del fuelle y para otras labores menores. Y así mi tío prosiguió en esa ocupación
hasta su jubilosa jubilación, acabando sus días laborales bajo las órdenes del
hijo del patrón.
Uno de los
pasajes más comentados y difundidos en el anecdotario de la vida de mi impar
tío Pito, fue cuando tuvo que acudir a A Coruña con motivo de la tramitación de
su documento nacional de identidad. El funcionario de turno, al cumplimentar
los formularios oficiales, le preguntó por su profesión, como era preceptivo en
aquellos tiempos de riguroso control policial y leyes contra vagos y maleantes:
-Soy el que
fuella en la fragua de la herrería –respondió mi tío.
-Pero todo eso
no me cabe en la casilla –objetó el funcionario- ¿Qué nombre simple recibe el
que se dedica a semejante menester?
-¿Es necesario
que se lo diga? –preguntó tío Pito.
-¡Absolutamente!
-Follador, soy
follador. Así se le dice al que folla o fuella en la fragua.
Y “follador”
hubieron de ponerle en el documento, hecho que propició abundante escarnio y
mofa hasta tiempos presentes y témome que futuros. Porque para mayor inri
(paradojas crueles de la vida) mi tío Pito nunca llegó a pitar en hembra alguna, o dicho con
mayor sutileza: nunca llegó a mojar pan en caldo ajeno. Según versa el rumor
popular, desistió definitivamente de buscar compañera tras un rudo golpe, si no
amoroso sí por lo menos muy moral. Juzguen ustedes mismos el lance que tuvo
lugar y que aún hoy puede oírse cantar por las aldeanas desde el Baixo Miño
hasta la Serra da Faladoira:
Mi tío había
oído campanas (aunque bastante mal repicadas, hay que decir) de que para ganar
hembra había que recitar poesía, casi con la misma infalibilidad que para
pescar pez había que poner cebo. Así las cosas, un día se armó de valor y
decidió probar suerte con la quiosquera de la estación de Puentedeume, buena
moza casadera y de mórbidas redondeces por la que él suspiraba a menudo en sus
desvelos nocturnos. Se plantó frente a las narices de su soñada dama y le dijo:
“Soy
de Betanzos,
y me
gustan los garbanzos”.
A lo que la moza
respondió resuelta y sin dejar que mediara un segundo:
“Y
yo soy de Padrón.
¡Así
que lárgate, cabrón!”.
Ni que decir tiene que fue un severo
testarazo para mi escaso pero muy susceptible tío, incapaz en toda su vida de
hacerle daño a un mosquito. Aunque su disgusto mayor no fue debido al improperio
que le había regalado su displicente Dulcinea, sino al insolente alarde de
ingenio que ésta había exhibido ante él sin el menor recato. Porque Pito Pito
recordaba que la elaboración de su poema
le había conllevado un considerable afán, y la moza, en cambio, le había
arrojado a la cara otro aún mejor fraguado y con la rapidez fulminante del
rayo. Más que una mala experiencia, fue aquella humillación la que lo alejó
para siempre del género femenino. Y a partir de aquel lamentable suceso, y sin
remilgos ni remordimientos de ninguna clase, el hombre tuvo a bien adquirir la
costumbre de mojar pan en caldo propio.
Desde entonces
las puyas y chanzas por motivo de su profesión oficial encalabrinaron
especialmente a mi pobre tío, al que bautizaron con el apodo de el Follador,
atribuyéndole imaginarias hazañas de jocosa carga erótica que muy bien podían rivalizar,
si bien con épica de diferente matiz, con las cantadas gestas al Campeador,
personaje con el que llegáronle a confrontar en más de una ocasión por medio de
algún ingenioso chiste o chuscada. Lo que hacía rabiar a mi tío era el hecho de
que mucha era la fama y la guasa, pero de lana, como se ha dicho, no llegó a
cardar ni una. A él no le habría importado demasiado la fama si se hubiera
ajustado mínimamente a la realidad, es decir, mi tío se habría aplicado con
gusto la leyenda de “ande yo caliente y ríase la gente”, pero no sobrellevaba
nada bien el descojono popular cuando él andaba helado como la escarcha en la
amanecida. Muy ilustrativo de lo que digo es la escena que se representó una
tarde en la que mi tío caminaba rumbo a San Xorxe y se tropezó con una pareja
de la Benemérita que, al verle, le requirió sus documentos:
-Don Agapito
Pito Conejo –leyó uno de los guardiaciviles– Profesión: follador.
-Servidor de
usted.
-¡Pero hombre!
–exclamó el otro uniformado- ¿No le da a usted vergüenza?
-No señor, lo que me da es mucha rabia.
Otro de los
momentos más contados y cantados en la vida de mi tío fue, casualmente, una de
las veces en que tuvo que retornar a la capital para la renovación del
fastidioso documento identificativo, trámite éste que realizaba con peores
ánimos que cuando tenía que habérselas con Antón el Sacamuelas. El funcionario
que en esa ocasión le atendió, no obstante, dio muestras de ser algo menos
papista que el Papa y un poco más flexible que su antecesor primero. De esta
manera se cuenta y se canta lo acontecido:
-Profesión:
follador –leyó el administrativo-. ¿Qué significa eso?
-Soy el que
fuella en la fragua de la herrería –le aclaró mi tío.
-Es una palabra
malsonante y que se presta a confusión y burla –declaró comprensivo el
funcionario-. Voy a eximirle de tan ingrata carga, pues todos los oficios y
profesiones son iguales en dignidad. Escribiré “herrero”.
-Pero yo no soy
herrero, señor –corrigió mi tío-. Jamás he forjado, sólo fuello.
-Pues a partir
de hoy es herrero -sentenció el hombre-. ¡No se hable más! Queda ascendido.
Creo que mi tío
no llegó a disfrutar en la vida de momento más venturoso que aquel. Le habían
exonerado por conducto oficial de un oneroso epíteto muy desagradable de
sobrellevar, y al tiempo le habían concedido un ascenso tan inesperado como
probablemente inmerecido. Pero pensó que tampoco era cosa de hacerle ascos a la
suerte. Celebró el acontecimiento de tal modo que todo Betanzos se enteró en el
mismo día de que a Pito el Follador le habían nombrado herrero por la vía del
“ordeno y mando”, tal vez por influencia de una importante y anónima firma
vinculada al Régimen. Y así todos le felicitaron por su nombramiento. Todos
menos el herrero, claro está, que nunca vio con buenos ojos aquella intromisión
del Estado en lo concerniente a su negocio, aunque desde el primer momento obró
con la prudencia (debido a algún asunto pretérito que era mejor no meneallo) de quien cree que “en boca
cerrada no entran moscas”. Por otra parte, ningún representante o secretario
del gobierno se dignó a presentarse en la herrería para notificarle en persona el
ascenso de categoría de su empleado follador, por lo que optó sabiamente por
quitar hierro (nunca mejor dicho) al asunto.
Y así mi tío continuó
follando y follando, aunque ahora con ganado respeto y reconocimiento.
Fuellaba, pero con mucha mejor tesitura. Si bien era cierto que el apodo de “el
Follador” ya no se lo habría de quitar ni la madre que lo había traído al mundo,
sin embargo ahora sus convecinos pronunciaban el alias con una diferente
entonación y connotación.
Ésta es, muy
breve y parcialmente contada, la historia de mi entrañable tío Pito, de quien he hablado tantas veces
que hasta mis hijos, aun sin haberlo
conocido siquiera, se refieren a él como el abuelo, prescindiendo del
antecedente “tío”, como sería de rigor. Y no sé yo, quizás sea por una falsa
impresión mía, pero desde que en esta casa ha habido conocimiento de su
fenecimiento, he notado un cierto recochineo solapado en el ambiente, muy a
pesar mío, he de confesarles. Por ejemplo, mi hija Carmencita, de sólo seis
añitos de edad, no hace más que cantar todo el tiempo eso de “Pito, Pito,
gorgorito, adónde fuiste tú tan bonito...”. Por no hablar ya de mi hijo Fernando, púber precoz y
procaz, el cual hace apenas un rato, mientras se duchaba, cantaba a voz en
grito una nueva versión de una popular canción que decía: “EL abuelo fue
folladooor, allá en la fraguaaa...”. Mi mujer, en lugar de darme apoyo en este
asunto y ayudarme a enderezar las formas, se escabulle de mi lado para también
carcajearse a trompicones. Y qué quieren que les diga, a mí me indigna que no
se guarde a mi apreciado tío Pito el duelo debido en tan triste día, si no ya
por consideración a mí sí al menos a la de mi madre, hermana querida y única
del difunto. ¡Cómo ha llorado la pobrecilla al enterarse! Ha subido a toda
prisa las escaleras para enclaustrarse en su habitación, ya que nunca ha
gustado de dolerse o lagrimear en público. Hace unos minutos he cruzado por
delante de su estancia y por un momento me he sentido sacudido por una
impresión engañosa, pues me ha parecido oír que mi madre reía sofocadamente.
Pero no, lo que ocurre es que ella tiene un llanto con un son muy similar al de
la risa y me ha confundido, eso es todo.
En lo que a mí
respecta, si quieren que les sea sincero y confiando en su absoluta discreción,
les diré que varias veces, mientras recordaba escenas vividas con mi singular tío
Pito, he tenido que morderme los labios para contenerme la risa. Sí, lo
confieso, yo también he pecado. Incluso me he visto obligado en dos ocasiones a
acudir con urgencia al escusado, donde al tirar de la cadena he aprovechado
para evacuar de golpe una risa reprimida que andaba oprimiéndome las entrañas
de manera insoportable. Les aseguro sin embargo que yo tenía mucha estima a mi
tío Pito. Pongo a Dios por testigo. Lo que ocurre es que nunca imaginé que la
risa y la tristeza pudieran convivir con tanta fruición y armonía en un trance
tan luctuoso como este. Me dirán que son dos sentimientos demasiado enfrentados
para poderse conciliar, pero también un hombre y una mujer son dos sexos
opuestos y miren ustedes si son capaces de acoplarse placenteramente. Es una
lástima que mi tío Pito se haya ido al otro mundo sin haber comprobado esta
verdad. Sobre todo después de haberse pasado la vida haciendo en la fragua lo
que nunca consiguió hacer con... Quiero decir... Que descanse en paz el pobre
después de tanto y tanto... Discúlpenme, pero he de volver al escusado.
(relato)
(relato)
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